Parece que después de tanto tiempo todavía no sacamos la cabeza de la tierra. Y cuando vemos que las cosas no van bien nos pasamos la vida buscando culpables, como tontos irresponsables que intentan echar balones fuera. Otra vez, como siempre, el mismo tema vuelve a la mesa. La violencia de los videojuegos. El «mal ejemplo» a los menores. La exposición a contenido poco apto. El peligro de las influencias… Y los que piensan que los autores de las mentes perversas en potencia vienen del entretenimiento, en vez de la propia casa.

Pero a muchos se le olvida que dentro de este mundo, de esta industria del desarrollo del juego, hay clasificaciones de contenido. Como en el cine, como en los productos de consumo, como en prácticamente todo. Hay información de sobra para saber qué es apto para quién, pero atender a estos criterios exige una responsabilidad incómoda, ¿verdad? Exige un esfuerzo como educador que es mejor no hacer. Es más fácil mirar a otro lado, no ejercer obligación de padres, dejar al hijo que haga lo que quiera. Y luego, más tarde, cuando pasen cosas que no deben, ya culparemos de la violencia a quien sea. Pero a nosotros no, que estamos muy ocupados.

¿Es culpa del fabricante de cerveza que un menor se beba tres o cuatro en un alarde de fanfarronería? ¿O es más culpa de sus señores padres que no le explican el significado de las consecuencias, de los límites y del control? Es sencillo entender este ejemplo estúpido pero tan difícil trasladarlo al resto de cosas. Trasladarlo a los videojuegos, que vivirán siempre con el estigma de la ignorancia ajena. Con el lastre de los mentecatos que señalan con el dedo hasta rompérselo sin saber siquiera en qué dirección. En todas, menos en la correcta.

Son los padres quienes tienen la responsabilidad y el deber de filtrar el contenido que consumen sus hijos. Igual que son ellos quienes filtran la comida que se comen, la bebida que se beben y las lecciones que aprenden. Y si las imágenes le violencia del videojuego trastocan la realidad de los niños, volviéndolos bruscos impulsivos y enérgicos iracundos, es porque no había educación de base. Porque los padres no han hecho su trabajo. Porque el niño no tiene cimientos de cordura, templanza y control emocional. Y porque hay videojuegos no aptos para ser jugados por niños. Niños no aptos para jugar ciertos videojuegos. Y padres no aptos para ser padres.

Culpar cómodamente a quien no tiene culpa no es más que la excusa y el pretexto conveniente para lavarse las manos. Para salirse del juego, nunca mejor dicho, y seguir cómodamente desentendiéndose de las responsabilidades, dejando todo a cargo de quien sea. Menos de uno mismo.

Cuando culpamos al producto de los problemas del usuario, insultamos nuestra propia inteligencia y capacidad de elegir qué producto consumimos. Demostramos abiertamente que somos tontos, pobres ineptos descarriados que no sabemos ni por dónde, ni por qué, ni por cuánto. Pero que todo lo que nos pasa es culpa de allá, de allá lejos. No de aquí, de donde me corresponde a mí, que soy perfecto.

Perfecto imbécil ignorante.

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