Sin caer en los tópicos faciluchos de esta era en la que estamos, tan tecnológica y fastuosa, es innegable que las redes sociales han irrumpido con fuerza en nuestros quehaceres y nuestras rutinas diarias. No solo han entrado intensamente, sino que han cambiado muchos paradigmas. Y en este contexto de la evolución de la comunicación global, también son innegables las bondades de estas plataformas, que nos conectan y nos hacen compartir.

Pero más allá de estas cosas bonitas, de lo romántico de Internet y los vínculos interpersonales, como siempre llegamos nosotros para desvirtuar y desmerecer. Para convertir flores en retamos espinosos y transformar la virtud en vicio. Poco hace falta para que destrocemos las cosas y las reduzcamos en lacra. Y con «poco» me refiero a tiempo y a razones. Desde luego nuestra especialidad es la de aquel Rey Midas pero en reversa. Cosa que tocamos, cosa que se va directamente a la basura. Que ya no sirve, que se deformó hasta el más absoluto despropósito.

Ya ni nos basta con ser corruptibles. Sino que también somos los que corrompen. Escupimos podredumbre por doquier, como si fuéramos aspersores de cloaca. Nuestra enorme habilidad para crear cosas maravillosas la compensamos con proezas malogradas y descompuestas. Somos nuestro propio antagonista. El burro que tira de nuestro carro y nuestra propia piedra que rompe el eje. Y mientras más evolucionamos, menos lo acabamos haciendo. Como un círculo vicioso de eventos desafortunados que ni nos molestamos en entender.

La desinformación y las redes sociales

Tanto desvirtuamos las cosas y tan mal entendemos nuestros propios preceptos, que después de siglos creando un arte, porque lo es, como el periodismo, hoy nos abocamos a las redes como única fuente veraz y sincera.

Vergüenza debería darnos la falta de criterio, la falta de pensamiento crítico y, por Dios, la falta de ortografía.

Cuando hay más diarios que nunca, más periódicos que en ninguna parte, nos centramos en lo que dice el usuario anonimo403_95 porque lo dice con contundencia. Cuando tenemos la libertad de la información gratuita, opciones ideológicas por todas partes, periódicos que abiertamente adoptan una postura y los que adoptan la contraria, juicios imparciales e independientes, y todo cuanto necesitaríamos si quisiéramos, nos vamos al contenido abstracto del pajarito que gorjea o la efe gigante de color azul.

Lo que nos falta es cultura porque somos unos ignorantes. Leer unos cuantos títulos de la misma noticia es demasiado esfuerzo para nuestro cerebro acomodado y sedentario. Necesitamos la información rápida y fácil. La que nos da un sujeto desde su casa contrastada consigo mismo y por la gracia de su vecino. La que nos engaña con esas alertas baratas del título fácil. La que directamente insulta nuestra inteligencia.

Somos tan desvirtuadores, que cuando creamos algo increíble para unirnos y comunicarnos, lo usamos de estercolero. Y aquellos que se esfuerzan en tener credibilidad y puntos de vista, los ignoramos por completo. Porque ignorar es nuestro deporte.

La moda de la cancelación, lo que nos faltaba

Y es que no solo desconocemos, sino que alardeamos de ello. No hay nada peor que un imbécil con iniciativa o un ignorante que se jacta de su naturaleza.

De pronto se puso de moda el juicio popular de antaño. De la época de los escarnios públicos, del apedreamiento en la plaza del pueblo. Hoy todos somos abogados ilustres, jueces del estado y fiscales majaderos. Hoy cualquiera puede sentarse cómodamente ante un ordenador y escupir las mayores sandeces desde la impunidad del anonimato. Impunidad que no es tal, y menos mal.

De repente podemos organizarnos en masa para señalar al culpable, lanzarle palos indiscriminados en forma de mensajes y decidir por cualquiera el futuro de su vida y de su reputación. Lo llamamos la moda de la cancelación. Y nos ponemos a cancelar gente como si esto fuera la pizzería: «Oiga, cancele mi pedido que ya no tengo hambre».

Nuestra imagen y nuestro honor dependen ahora de los caprichos de la muchedumbre. De cómo se despierta alguno por la mañana y cómo le apetece agitar al rebaño. Luego nos molestamos si nos llaman borregos, pero vaya, que ¿dónde va Vicente? Donde va la gente.

Y al final resulta que estas herramientas tan fantásticas que nos conectaban a todos, nos vuelven a unos contra otros. Si no se repitiera la historia… si tan siquiera la conociéramos. Pero eso es pedir demasiado.

La confusión entre ser fan y dueño y señor

No estamos preparados para nada. Nos entregan las llaves del reino y rompemos la cerradura.

Ahora tenemos en nuestras manos la posibilidad de conectarnos con aquellas figuras públicas que nos interesan. Podemos hablarles, seguirles e interactuar con cierta intimidad. Pero no siendo suficiente, nos metemos en sus vidas. Decidimos por ellos hasta lo que tienen que comer, lo que tienen que vestir y cómo tienen que solucionar sus asuntos personales. Porque sí, porque somos los dioses del Olimpo, porque somos hijos de Titanes y nuestra palabra es absoluta e incuestionable. Nos atribuimos derechos que ni sabemos describir. Somos unos tontainas que apalean un teclado frente a una pantalla creyendo cambiar el mundo, cambiar la gente. Pero a nosotros que no nos miren, porque no estamos mal.

Es evidente que cualquier personaje público se debe a sus seguidores. Que se exponen al juicio masivo y a la crónica de revista. Pero qué nos importan las cosas cuando nos gusta cómo canta o cómo actúa en las telenovelas. Nos creemos con el derecho de señalar con el dedo acusador como si fuéramos el ejemplo divino de la doctrina universal. Como si estuviéramos beatificados y hubiéramos ascendido a la iluminación espiritual.

Y después de esparcir sabiduría de plástico en nuestras queridas redes sociales, nos miramos al espejo y no vemos absolutamente nada.

Las redes sociales y el hablar sin saber nada

Hablar sin saber es nuestra mejor habilidad. No tenemos ni idea, pero nos damos el lujo de comentarlo todo. Siempre actuaríamos mejor que el otro si estuviéramos en sus zapatos, porque nuestra vida es la panacea, la gloria bendita y bienaventurada.

Cualquier asunto ajeno que se comente en las redes sociales nos lo tomamos como algo personal. Como si afectase nuestra digestión o las horas de sueño que acumulamos. Nos hicimos muñequitos de papel mojado tan frágiles como el cristal, pero sin lo bonito ni lo brillante, claro.

Cuanto menos sabemos, más hablamos. Y no nos da vergüenza que sea evidente. Nos levantamos abanderados de quién sabe qué chorrada y lanzamos al aire conceptos que ni pronunciamos bien. Escupimos ignorancia por todas partes. Pero eso no nos detiene, porque nadie nos conoce detrás de nuestro nickname, así que da igual.

Hemos llevado a las redes sociales a enredarse antisocialmente. Las transformamos en un tanque de pirañas en el que nos autodestruimos virtualmente. Lanzando dagas voladoras en forma de palabras y reduciendo nuestra estructura de comunidad a un sistema básico de comentarios y megustas.

Tan buena era la idea que la llevamos al desastre en menos que gorjea el dichoso parajito. Como siempre, desvirtuamos y adulteramos. Corrompemos y deformamos. Somos como un virus indestructible que lucha por su propio exterminio, izando la bandera de la estupidez cada vez más alto, como si eso fuera a prevalecer.

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