Que no se nos cansen los dedos por señalar las idioteces. Que no se mengüen los caudales de tinta por describir las majaderías, por destriparlas y denostarlas como a cualquier ratero. No se nos termine la paciencia por presenciar semejante absurdo, por escuchar los disparates de la paranoia colectiva. Por tener que ver a los insensatos irracionales acaparar atención y protagonismo y escuchar sus incoherencias descabelladas, teorías de medio pelo para torpes e iletrados.

Cuando dan voz a quien la desperdicia con tonterías e ignorancia, la libertad de expresión, tan exaltada últimamente, deja de tener sentido. Cuando nuestro cerebro no procesa, no cavila y solo escupe, dejamos de valer algo y pasamos a ser un lastre.

En la era del sabelotodismo y la ineptitud, cuando se supone que amasamos más ciencia que nunca, más información y más conocimiento, solo hay estupidez. Solo hay teorías cómodas que justifican nuestra incultura. Y que por encima de todo, por encima de todas las cosas, solo demuestran que estamos muertos de miedo.

Nos inunda la paranoia, nos hacemos protagonistas de tramas conspiranoicas sin precedentes, tan creativas y desproporcionadas como cualquier guión de poca monta. La palabra «negacionista» es tan abyecta, tan abominable, tan estúpida, que solo ilustra un querer desatinado por encerrarnos de nuevo en la caverna del mito. Ahora lo negamos todo, menos nuestra ignorancia. Lo cuestionamos todo, menos nuestro propio juicio. Lo idiotizamos todo y más a nosotros mismos.

Nos hemos vuelto maníacos obsesivos, chiflados y dementes. Hemos perdido la cordura. Y cuando el más enajenado se atreve a levantar la mano y a decir barbaridades, nos las creemos sin más. Sin cuestión ni negación, en este caso no. Sin resistencia ni recelo. Nos envolvemos en la paranoia y desplegamos nuestra inventiva inútil en especulaciones deficientes.

Bajo la sombra sempiterna del bochorno, que tanto nos abruma a algunos recientemente, no se sabe qué decir ni qué esperar de estos tiempos. Acabamos, como siempre, en conversaciones de taberna. Declarando la decepción y la incertidumbre. Refugiándonos en los «madremías» y los «vayapordiós». Y cerrando resignados con un «en fin…»

Cuando después de la nieve, empecemos a negar el sol, la tierra y la carne, veremos a dónde vamos. En el momento en que solo hablen los que no saben y sigan creyendo que sí lo hacen, veremos a dónde vamos. Cuando ni los medios puedan resarcir la difusión de estupideces y los más vulnerables de mente no tengan a quién oír, veremos a dónde vamos. Cuando nos deje de dar vergüenza la falta de razón y entendimiento, veremos a dónde vamos.

COMPARTIR: